Las tardes de domingo son más que un descanso. Son el respiro para las interminables horas de un mal trabajo (para muchos, si es que no toca laborar); o son una pausa para los grandes propósitos de cada día (para pocos). Son la oportunidad, muchas veces desperdiciada, de conectar con la familia o amigos.
Las tardes de domingo son los momentos para reconectar con la naturaleza. Para adentrarnos en un bosque o en el mar y abandonar la sobreestimulación y la sobre información. Es la añoranza por aquellos tiempos donde fuimos más libres, vivíamos menos preocupados y las responsabilidades eran menores. Es cuando se extraña a los seres que se fueron hace tiempo.
En los atardeceres de domingo todo va más lento, como la vida diciéndonos que es el momento de pensar y ser más espirituales. No hay más pretextos: no hay trabajo detestable ni más enajenación o embriaguez que lo interrumpa. Son los momentos donde no pasa nada pero nos espera mucho. Es donde acaba la fatiga, la ansiedad y viene la tristeza o la esperanza. A veces alegría y felicidad. Sabemos lo que nos espera, queremos que sea diferente, pero no queremos nada por lo que sufrir. Es la promesa de novedad contra la zona de confort.
Las tardes de domingo al final no son sólo descanso, libertad y la posibilidad de dormir mejor. Es el momento que más nos señala en qué se convierte nuestro sentido de vivir. Un lunes puede ser desesperanzador y pesaroso; o emocionante e ilusionante. Y si vivimos a contracorriente, una tarde de domingo es todo menos una tarde de domingo.
Cada uno encontrará, si lo desea, la tarde de domingo que más le plazca. Pero, si quieres mejorarlo: agradece, vive el ahora y fluye con tu vida, la que te toco y la que quieres vivir. Y las tardes de domingo volverán a ser mejores.
