El Rey de la Comedia: la precipitación de los sueños

Tal vez sea cierto que la mayor parte de nuestras influencias vienen del exterior: de nuestros padres, nuestros amigos; vienen del trabajo, la escuela y la sociedad. Desde la infancia absorbemos todo lo que vemos y sentimos. No se sabe hasta cuándo dejamos de estar influidos por los demás: tal vez sea un proceso largo o uno que no termine nunca. Es parte inevitable de la vida y sería un asunto normal y de poca importancia salvo por un detalle nada menor: de las influencias nacen nuestros sueños, es decir, lo que queremos ser y hacer.

Soñar es parte ineludible de la vida, tan necesaria y con tanto sentido para la vida humana que no podríamos explicar el destino de ésta sin el peso de los sueños. La parte positiva de ellos nos impulsa a hacer cosas que consideraríamos inalcanzables si las sometemos a la brevedad de la vida, al fracaso y al azar. Los sueños son la búsqueda del sentido de perfección, la posibilidad de “acariciar ” lo infinito,  de contemplar lo bello y bueno. Por lo tanto, resultaría increíble comprender todas las ciencias y todas las artes que hemos visto florecer hasta ahora si no tuviéramos la gran capacidad de soñar.

Sin embargo, la parte oscura de soñar se presenta cuando esos sueños no encuentran su lugar en la realidad. Nos hostiga cuando recordamos que el tiempo avanza y nada se realiza: comienza a asfixiarnos la desesperación. Tal impulso con suerte puede calmarse, pero la presión vuelve en la soledad, con reflexiones inoportunas, en nuestro odio a la vida cotidiana y a la envidia que sentimos por la culminación de los sueños de otros. Tal voluntad es poderosa, tan fuerte como nuestro afán de vivir. Quien padece esta tortura de sueños irrealizados enferma y sobrevivir a esa realidad lo vuelve radical y distinto. Es el precio que se paga por aspirar a ser más, porque no se puede aceptar que se es menos.

La frustración de no hacer reales los sueños es enorme. La personalidad empieza a desvanecerse y termina por no reconocerse salvo en los sueños irreales ¿Que sería vivir con esta sensación para siempre? Como en todo hay grados: gente que no tiene sueños (tan escasas como quienes tienen grandes sueños y los hacen reales), gente que los tiene pero no le importa demasiado hacerlos realidad, otros que viven con la frustración y pueden calmarla, gente que ha aprendido a soñar y se enfoca en aquello que sí es realizable y satisfactorio (igual de escasos); pero abundan los casos de desesperación donde cualquier salida es mejor que no hacer nada, como le pasó al señor Rupert Pupkin.

Si sólo tenemos una cosa importante para hacer en la vida y esta se nos escapa por la razón que sea, las consecuencias son terribles e indeseables. Por ello no debe sorprendemos que cualquier acción es mejor que soportar la angustia. En tales momentos es inútil exigirnos paciencia y resiliencia, porque casi nadie puede controlarse en ese grado de desesperación. Si sólo existimos enb la culminación de nuestros sueños, cualquier fracaso supone no existir para nadie ni para nosotros mismos. Por eso no debe sorprendernos el acoso de Rupert a Jerry, ya que Pupkin entiende que dejar pasar la oportunidad lo llevará a una angustia intolerable y no sería capaz de añadir a su tormentosa vida más desilusión.

Nunca sabremos si Robert tenía talento (su rutina fue extraordinaria por ser tan sincera e irónica) pero suponiendo que lo tuviera, ello no sería suficiente para ser quien quiere ser. No tiene contacto alguno ni influencias cercanas. Además, su forma de vivir suma un gran peso y suelen ser raros quienes pueden sobreponerse y acabar con los demonios del pasado; casi nadie se recupera por completo de una vida donde ha vivido pisoteado. Agreguemos que Robert comete un error muy grave fruto de su pasado: querer agradar a quienes le rodean.

Sería asombroso ver al personaje y no cuestionarnos siquiera algo ¿Cuántos nos vivimos así? ¿Cuánto existe de Rupert Pupkin en nosotros? ¿Qué es lo que hemos hecho con ese sentimiento? ¿Por qué nunca habíamos pensado esto? ¿Cómo hemos aguantado tanto? Puede que nunca acosemos y secuestremos a alguien para lograr la atención y los honores que soñamos, pero lo que dejamos ir es una parte que pide ser más y que se nos presenta en los sueños sensatos: lo que queremos hacer de nosotros. Se manifiesta en formas desfavorables cuando no queremos levantarnos ni para mirar el sol, cuando nos lamentamos por el trabajo que tenemos y sólo nos importa el dinero que ganamos pero no la satisfacción que obtenemos ni el valor que podemos darle a los demás ¿Qué será de nosotros por no hacer las cosas ni intentar vivir la vida que queremos?

Ver a Rupert Pupkin hacer esas barbaridades destroza el corazón. No lo repudiamos descaradamente, dado que sus actos no producen odio sino tristeza y porque nosotros también podemos llegar a caer tan bajo por esperar tanto de la vida sin reflexionar lo que anhelamos. Estamos tan influenciados por lo que los demás poseen y creemos que eso mismo nos falta a nosotros cuando en el fondo solo queremos una forma distinta, propia, de vivir. Por esa escasez de reflexión, los sueños se atrofian y terminamos aferrándonos a quimeras como a las que aspira Pupkin. Tal vez en el pasado tuvimos como él un sueño sensato que se malformó, se precipitó y acabó en lo que vimos en esa gran película.

Hay que tener un temple de acero para aguantar y continuar en silencio los sueños. Puede decirse que al menos Rupert Pupkin hizo algo, combatió su impotencia de la peor forma y nos mostró cómo el tiempo nos devora. Pocos han de tener el valor para reaccionar porque el miedo es demasiado grande: pero por encima del miedo hay salvación (si realmente la queremos). Ahí está todavía la oportunidad de actuar con tranquilidad, secuestrando con mucho coraje, al temor, el miedo al fracaso y a la desesperación. Hay que comenzar por olvidarnos de agradar a gente que nunca creerá en nosotros, de que somos demasiado insignificantes como para no hacer nada que valga la pena, de que la vida es una descomunal tragedia y de que no tiene sentido llegar a ser quienes somos porque no hay tiempo.

¿Por qué nos impresiona la pintura, nos conmueve la música y nos maravilla la inmensidad del universo? Quizá porque en ellos hay algo real y sensible de lo que hemos soñado. No tiene sentido alguno caer en la desesperanza de no lograr nada porque todo encuentra un minúsculo pero gratificante espacio, con sus cambios, con desilusiones y pérdidas de por medio: es mejor aceptar que así será para la mayoría de nosotros. No hay razones de peso para desistir y sí tiempo suficiente para encaminarnos hacia nuestros ideales. Como se dice hasta el cansancio: hemos de morir pronto y cada día que pasa nos acercamos al desenlace. El tiempo parece largo, pero termina siendo tan efímero así que más nos valdría ir por aquello que ansiamos por muy simple que parezca (un buen sueño es todo menos simple), por darle valor a nuestras vidas y por hacer del mundo algo más que una comedia trágica.

Hacer el intento de encontrar satisfacción y orgullo en las cosas que la vida nos da. Hacer algo diferente y sincero siquiera.