La batalla contra la soledad

Se nos ha convencido que estar solo es anormal. Tal vez sea porque ahora una persona puede gozar de una gran independencia sin ver comprometida su supervivencia. Antes esto era imposible, aunque es cierto que abundaron los casos entre los primeros cristianos, los misioneros y algunos monjes que hicieron del retiro su modo de vida. Pero para la persona promedio la soledad no era un estado natural; se vivía apegado a la familia, a la pareja y a su descendencia. Vivir solo era para ciertos espíritus poco comprensibles o para los desahuciados.

Es difícil saber si la soledad gozó alguna vez de buena reputación, pero es cierto que ahora se la experimenta como un tormento. Salvo excepciones entre la gente de conciencia elevada, vivir la soledad ahora afecta la vida de quien la padece, casi siempre contra su voluntad. Pocos la desean y quien termina viviéndola la sufre y no espera el momento para encontrar el remedio o la persona que termine con la agonía. No vamos a negar que sí, que estar solo o sentirse profundamente aislado puede dañar hasta la salud física de una persona. Pero no menos dañino es vivir en una convivencia forzada. En el primer caso se es un poco más libre, pero nos sentimos separados del mundo; el segundo estado nos sentimos seguros, pero poco libres.

Y como nadie quiere dejar de sentirse muy seguro y a la vez ser muy libre, nos hemos inventado tantas distracciones, tantos motivos y justificaciones para no afrontar la libertad, para no vivir desapegados de cualquier compañía y evitar el destino solitario que viviremos a pesar de las parejas y de las distraciones. Verdad ineludible: la mayor parte del tiempo estamos solos, así nacimos y así nos iremos. Quienes nunca aceptan la soledad o buscan destruirla a cualquier costo, ven deteriorada su paz mental. Es más destructivo negarse a estar solo que sufrir la soledad.

En un mundo que alaba para la convivencia y el amor (sobre todo el romántico), la soledad se vuelve un camino tormentoso para quien no ha podido elegir. Quien no se siente en compañía de alguien, puede vivir con un sentimiento de carencia, con la idea de que algo va mal en ellos y sienten que son indiferentes a los demás. Hay un dolor y la solución no siempre es fácil de encontrar. Pero hay una esperanza: salir es más fácil cuando se está bajo el dominio de una sola voluntad: la nuestra. Cuando se está con otros la tristeza o la ansiedad que se produce no está bajo nuestro control: se depende del otro. Y no hay peor tortura que el no saber qué se piensa de nosotros la persona con quien tenemos nuestro mayor apego, la cual puede que nos siga queriendo pero mañana tal vez ya empiece a dejar de pensarnos.

Se endulza demasiado el vivir para otros, el sentirse acompañado y querido. Pero nunca se nos dice el precio que se paga por evitar estar más tiempo a solas. El fastidio, la pérdida de autonomía y el dominio propio, el florecer de nuevos pensamientos, el freno al desarrollo de nuestra personalidad no resultan ser poco al momento de hacer cuentas y ver lo que ha muerto en nosotros. La buena convivencia y el saber amar es, entre otras cosas, consecuencia de aprender a no aceptar cualquier compañía, de retirarse cuando es momento, de madurez y de tener un buen carácter. Nunca hay mejor compañía que cuando se ha aprendido a escuchar y a verse tan reflejado en las miserias y alegrías del otro.

Nunca es deseable estar tan apartado como tampoco lo es vivir asfixiado de tanta convivencia. Ambos estados suelen ser insoportables o gratificantes en su medida: deben existir. Lo que nunca debemos permitir es que se luche contra la soledad, por medio de cualquier arma psicológica o ideológica. Y si hay una lucha, que sea para evitar que sucumba ante la arrogancia de los defensores de todo tipo de distracciones impuestas (matrimonio, citas, familia) y no deseadas libremente.
Ojalá que algún día obtenga la reputación que nunca debío perder. Que pueda ser apreciada tanto como sus alternativas y vivirse dignamente incluso si se llega a ella involuntariamente.

Habrá más.