Que en nuestros días hay mucha violencia no se discute. Que la violencia siempre ha existido sin importar el sistema económico o político no cabe duda. Que existirá por siempre da mucha vergüenza, pero es mejor admitir que así será. Pero también sería magnífico poder minimizarla, que se pudiera tomar más como un hecho anecdótico y no como una probabilidad estadística (alta en ciertos lugares).
Con algo de sentido común, entenderíamos que es un problema que afecta a todos los géneros, a todas las edades y a todos los estatus sociales. La violencia puede discriminar por conveniencia, pero no por prejuicio. Que alguien mate a otro se explica más porque es la manera que halló para vengarse, por despecho o porque así encontró menos obstáculos. Pero es rarísimo ejercer la violencia usando la excusa de la condición étnica, del linaje o género.
Eso viene a colación por el asunto de la violencia de género y las protestas feministas en muchos lados del mundo ¿Qué ya no quieren ser violentadas? Eso es lo que queremos casi todos. Pero apelar por un mundo sin violencia solo para las mujeres solo enaltecería las desigualdades y además terminarían siendo víctimas indirectas de la violencia que sufran los otros. Un mundo sin violencia es soñar con vivir en el amor imposible: muy bonito de pensamiento, pero imposible en la realidad.
Tal vez la lucha es para gozar de las garantías fundamentales, de una libertad mínima indispensable. Muchas mujeres ya gozan de ello y es preciso abogar por las que aún no pueden ser protegidas por la ley en sus principales derechos. Pero no es pasar por encima de los hombres ni buscar una paternidad estatista. La violencia no es contra ustedes, es contra nosotros, contra todos. Por ahí es el camino.
