La fotografía es nostalgia

Pocos actos provocan la nostalgia más pura que el ver fotografías. Desde que tenemos conciencia, cuando entendemos los detalles y a las personas que hay dentro de cada fotografía, podemos vivir la nostalgia más pura. La nostalgia es en pocas palabras el tipo de tristeza que llega con el recuerdo de ciertas cosas o personas que ya no están o ya no son cercanas. Quizá las fotos que más nos gustan no sean los paisajes de profundos azules, los rostros bien parecidos o la muestra de intensa felicidad, sino las fotos que nos hacen vivir de nuevo en la imaginación aquellos momentos que ya se han ido.

La fotografía es nostálgica porque ayuda a que naveguemos entre recuerdos y reconozcamos quienes éramos. Es la clara evidencia de lo pésimos o geniales que fuimos en esto o con aquella persona, lo cerrados o abiertos que eran nuestros ojos al observar el mundo. La inocencia que teníamos y que ha ido muriéndose lentamente. Es, a veces, el punto donde estuvieron los muertos o donde no existían los vivos.

Esa nostalgia nos muestra lo más obvio que nunca terminamos de aceptar por el horror que nos presenta: que el tiempo siempre gana y cómo nos devora. La fotografía es tan sólo la espada con la que intentamos defendernos ante una bala que tiene ganada la batalla. La defensa es claramente ridícula, pero capaz de hacer que todo lo vivido se vuelva nítido, con sentido y que continuemos la lucha por existir. La fotografía puede vivir más que las personas que están en ella, pero rara vez puede ser eterna como la pintura. La pintura casi nunca provoca nostalgia, sin embargo, provoca la sensación de que la dedicación es el arma más eficaz contra el tiempo. Y lo es casi siempre. No obstante, el golpe maestro de la fotografía es el instante, la capacidad brutal de detener el tiempo, el momento que ya no existe.

Es en general, lo que una vez se fue y ya no volverá a ser por tanto que nos aferremos, como esa agua que no pasa dos veces en el mismo río. En ellas siempre buscamos a la gente que nos acompaña y con la que envejecemos, las que por razones dispares se han ido o ya no viven más. También en las fotografías abunda la gente que queremos o que algún día quisimos. Es un andar del presente al pasado con tan sólo mirar en una pantalla o coger el álbum del cajón. Es curioso que de lo larga que es la historia de la humanidad apenas llevemos dos siglos y medio gozando de este privilegio placentero y doloroso.

Aunque a veces no lo sintamos como el privilegio que es. Somos descuidados y eso es en parte a las facilidades que tenemos hoy de hacer las fotos. Hoy, que nada parece imperdible, tanto desorden y poca preocupación puede joder lo que ellas han de decirnos en el futuro sobre nosotros y los demás. No es difícil hacerlo, sólo es tener un poco de aprecio por los momentos que vivimos y la paciencia al apretar el obturador. La persona que serás en el futuro agradecerá profundamente la espera.

No hay que engañarse, tal vez nuestras fotografías nunca sean eternas ni por tanto esmero que le pongamos. Pero tal acto podría volverse en el corto plazo, un buen hábito adquirido y en el largo, una creación de nostalgia lista para perdurar por generaciones.