Tal vez sea cierto que la mayor parte de nuestras influencias vienen del exterior: de nuestros padres, nuestros amigos; vienen del trabajo, la escuela y la sociedad. Desde la infancia absorbemos todo lo que vemos y sentimos. No se sabe hasta cuándo dejamos de estar influidos por los demás: tal vez sea un proceso largo o uno que no termine nunca. Es parte inevitable de la vida y sería un asunto normal y de poca importancia salvo por un detalle nada menor: de las influencias nacen nuestros sueños, es decir, lo que queremos ser y hacer.
Soñar es parte ineludible de la vida, tan necesaria y con tanto sentido para la vida humana que no podríamos explicar el destino de ésta sin el peso de los sueños. La parte positiva de ellos nos impulsa a hacer cosas que consideraríamos inalcanzables si las sometemos a la brevedad de la vida, al fracaso y al azar. Los sueños son la búsqueda del sentido de perfección, la posibilidad de “acariciar ” lo infinito, de contemplar lo bello y bueno. Por lo tanto, resultaría increíble comprender todas las ciencias y todas las artes que hemos visto florecer hasta ahora si no tuviéramos la gran capacidad de soñar.