Se nos ha convencido que estar solo es anormal. Tal vez sea porque ahora una persona puede gozar de una gran independencia sin ver comprometida su supervivencia. Antes esto era imposible, aunque es cierto que abundaron los casos entre los primeros cristianos, los misioneros y algunos monjes que hicieron del retiro su modo de vida. Pero para la persona promedio la soledad no era un estado natural; se vivía apegado a la familia, a la pareja y a su descendencia. Vivir solo era para ciertos espíritus poco comprensibles o para los desahuciados.
Es difícil saber si la soledad gozó alguna vez de buena reputación, pero es cierto que ahora se la experimenta como un tormento. Salvo excepciones entre la gente de conciencia elevada, vivir la soledad ahora afecta la vida de quien la padece, casi siempre contra su voluntad. Pocos la desean y quien termina viviéndola la sufre y no espera el momento para encontrar el remedio o la persona que termine con la agonía. No vamos a negar que sí, que estar solo o sentirse profundamente aislado puede dañar hasta la salud física de una persona. Pero no menos dañino es vivir en una convivencia forzada. En el primer caso se es un poco más libre, pero nos sentimos separados del mundo; el segundo estado nos sentimos seguros, pero poco libres.